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Con la contienda electoral de 2018 a escasos meses; el panorama de transformaciones y favorabilidad para las grandes mayorías nacionales se oscurece cada vez más, las recientes situaciones de orden público en Tumaco, los graves niveles de corrupción en altas esferas de la institucionalidad, las declaraciones de algunos candidatos a la presidencia de la república y el genocidio en curso contra líderes sociales y exgerrilleros, nos dejan ver una oligarquía que ofrece “más de lo mismo”: muerte, miseria y explotación a los humildes, mientras regala nuestros recursos y la soberanía nacional al mejor postor.

 

El tablero político demuestra cómo todas las fichas se ajustan a la estrategia de la oligarquía y su régimen de abuelos y nietos, que se perpetuán en el poder con violencia cruel y excluyendo de todo escenario de participación y decisión política a los sectores populares y en general a todos quienes buscan el cambio.

 

En el ala de la minoría gobernante vemos como los partidos tradicionales no solucionan sus diferencias internas, pero si pactan hacia afuera todo tipo de acuerdos y formulas para buscar hacerse con el poder, la fuerza de turno en la silla de mando no encuentra flanco seguro y se desmorona lentamente al igual que se desdibuja su proyecto de una Colombia pacificada.

 

Lo anterior fortalece a los sectores más reaccionarios y violentos a la cabeza de Uribe Vélez y Vargas Lleras que por más distantes que se quieran mostrar, sus intereses y medios son los mismos.

 

Al tiempo aparecen en el tablero fuerzas que pretenden mostrarse como contrarias a la casta política tradicional; que hacen gala de discursos cívicos y contra la corrupción, pero que en su esencia son solo alfiles del neoliberalismo, que buscan su propia tajada con el disfraz del capitalismo verde.

 

Por otro lado la izquierda y demócratas no lograr aglutinar sus esfuerzos, la irrupción del nuevo partido producto de los acuerdos de la Habana se encuentra atado a la implementación, cada día más pasmosa y dependiente de la continuidad del gobierno actual; en tal sentido la posibilidad de una tercería se aleja del tarjetón dejando nuevamente a las grandes mayorías sin representación y excluidas de la lucha por el poder político. Así, la responsabilidad del cambio recae en la protesta y movilización social de los sectores revolucionarios y populares, que bajo este panorama no ven cómo participar de la lucha por el poder en la contienda electoral.

 

Como ELN reiteramos que no buscamos una revolución por decreto y en efecto nuestra disposición a la solución política del conflicto así lo demuestra, nuestros esfuerzos en la mesa de Quito están dedicados a lograr el inicio de una democratización, que innegablemente debe pasar por sacar la violencia de la política, de manera que el pueblo pueda romper el jaque permanente al que ha sido sometido.

 

Sin duda que el tiempo cada vez nos presenta mas oscuros nubarrones para tan alta empresa, pero convencidos de su necesidad no declinaremos en su búsqueda, que solo será posible si la sociedad en su conjunto -pero sobre todo la excluida-, se apropia de la solución política y participa activamente en el planteamiento de los cambios indispensables y necesarios que Colombia necesita.

 

La lucha por la paz no puede reducirse a la contienda electoral, en tanto las mínimas garantías para su ejercicio no se cumplan, entre tanto el derecho a la rebelión y a la protesta social siguen siendo las únicas vías para mantenerse y luchar por la democracia, la dignidad y la esperanza.